ENCICLOPEDIA OFICIAL DEL NOMBRETE CUBANO
Blog de cuentos reales dedicado al nombrete cubano, sus personajes y leyendas.
Autor: Lázaro Echemendía
Nombrete: Palabra de origen canario de uso frecuente en Cuba, República Dominicana y otras naciones del Caribe. Equivale a apodo, sobrenombre 
 

Blog de cuentos reales dedicado al nombrete cubano, sus personajes y leyendas.

Autor: Lázaro Echemendía

Nombrete: Palabra de origen canario de uso frecuente en Cuba, República Dominicana y otras naciones del Caribe. Equivale a apodo, sobrenombre

 

La leyenda de lazarito el fuerte

¡Busquen a Lazarito el fuerte! ¡El cabezón, sí! El médico! Escuché los gritos a través de la ventana. Salté de la cama y en el portal me recibió una avanzada de vecinos. Es la vieja María Eugenia –me informaron con alarma- Esta tirada en el piso y no podemos abrir la puerta. Tienes que venir. 
Agarré mi estetoscopio y orgulloso de poner mis músculos y mis conocimientos al servicio de una buena causa asentí de inmediato. Puesta allí para proteger el acceso a la vieja casona, bastaba con ver las dimensiones de la puerta para entender el reto al que me enfrentaba. Era un asunto de vida o muerte y sin pensarlo dos veces me lancé a derribarla con la misma velocidad que reboté contra la armazón de cedro revestido. Resuelto a no traicionar la confianza depositada en mí no hice caso a la advertencia del señor que a mi lado me decía: Muchacho, mira que estas no son como las mierdas que hacen ahora. La ventana lateral estaba abierta y a través de sus balaustres podía verse a un costado de la cama, el cuerpo inerte de la mujer. Muy cerca de mí una colega acabada de llegar, estetoscopio en mano, me animaba a apurarme. El público crecía por segundos y Lazarito el fuerte, es decir, yo -convertido en foco de atención y de esperanzas-, me dispuse a intentarlo de nuevo. Como toro en embestida me lancé y al suelo fui a dar como pájaro que no vio a tiempo la pared. El asunto comenzaba a tomar connotaciones morales y fue así como arrancándome del cuerpo la camisa ante el público expectante me dije: Ahora sí, coño, a la tercera va la vencida. Contraje a un tiempo pechos y dorsales, bufé un par de veces y más tarde me dijeron que grité, cuando por tercera vez la puerta me repelió como quien sin notarlo se sacude una hormiga de la piel. 
Magullado intentaba recuperar el aliento cuando oí tras de mí la voz de Flora –morena formidable- que me decía: A ver, este niño, quítate de ahí, por favor. Obedecí y desde el piso observé sobrecogido como la mujer se separó unos metros, calculó la distancia, dio un paso, otro, aceleró centrípetamente y dándose la vuelta descargó el peso de su nalgatorio astronómico contra la puerta que, sometida al fin, se desarmó en el acto. 
Todos corrieron adentro en tanto yo aproveché para disolverme en el tumulto. Un rato después, a salvo otra vez en mi cuarto, escuché voces que anunciaban la muerte de María Eugenia.
Hasta aquí la leyenda de Lazarito el fuerte.
Fin.

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¡Qué injusta es la vida!

¡Qué injusta es la vida!

Cuentan quienes a su lado estaban que Balzac se despidió del mundo diciendo:   Ocho horas con fiebre, ¡me habría dado tiempo a escribir un libro! Siete décadas más tarde, el  checo más famoso del siglo XX, ya sin pulmones ni aliento, le dio este ultimátum a su médico: Máteme, sino usted es un asesino. Carlos Marx, quien murió con  más calma, harto de su ama de llaves, la echó de la  habitación ante la insistencia de aquella  en recibir de su boca un mensaje al porvenir. ¡Fuera, -gritó y la mujer obedeció en el acto-  desaparece de mi vista! ¡Las últimas palabras son cosa de tontos que no han dicho lo suficiente mientras vivían!”. Nerón, el loco emperador romano que se las daba de poeta y actor, ya ardiéndole el puñal en el cuello, tuvo tiempo para un último verso: ¡Qué gran artista perece!

Goethe, que sí era poeta, encontró al parecer en sus  últimos segundos lo que no pudo en su larga vida cuando dijo “Luz, más luz”. En tanto Whitman, que no lo era menos, optó por una menos ilustre expresión: ¡Mierda!

Bolívar por su parte, frustrados sus sueños de unidad continental (hoy sabemos  que avizoraba también los desmanes del porvenir), confesó a sus generales: He arado en el mar.

Nombres como Mozart, Beethoven, Calígula, María Antonieta, abultan la lista de famosos que algo interesante dijeron antes de partir.  Claro que el renombre no es condición indispensable para este postrero derecho y ejemplo de lo que digo es la historia del asesino que alcanzó cierta fama gracias, precisamente, a lo último que dijo.  James Rodges era su nombre y tras ser condenado a muerte, entre las dos opciones que le dieron escogió el pelotón de fusilamiento. Ya a punto de partir, impávido ante el horror de los fusiles cargados, a la pregunta del sheriff sobre su último deseo, el criminal respondió: Un chaleco antibalas.

Cierto es que la mayoría jamás conoció fama alguna y de estos anónimos guardo vivísimo el recuerdo del anciano a quien recibí en el hospital mi primera madrugada como médico de urgencias. Más asustado que él trataba de salvarlo de un infarto cuando aterrado lo escuché decir a su mujer: Vieja, fíjate bien, que pa’ mí que este medicucho no sabe lo está haciendo.

Despedidas escucharía luego otras muchas, pero ninguna que me haya impresionado al punto de la que acaba de pronunciar Blanquita, quien fuera la más honorable vecina del barrio donde crecí.

Maestra por casi cincuenta años, casi a punto de embarcarse recordó que le faltaba despedirse de la mulata Marcela, la amiga entrañable que hasta entonces había permanecido fiel a su promesa de no verla.         

Refugiada en su casa a Marcela, más que la suerte de aquella a quien quería como a una hermana la inquietaba la certeza de que muy pronto su amiga se uniría a los fantasmas que a cada rato venían a visitarla. Hasta tanto llegara ese día prefería recordarla risueña y escandalosa como siempre fue, desenfadada y robusta como la mujer que de niña  respondía sin enojo al nada ilustre apelativo de “la vaca”.  

Encendiendo una vela a San Lázaro la sorprendió Roberto, el primogénito de Blanca. Mami quiere verte –le dijo  y tras un corto intervalo de silencio Marcela respondió que prefería quedarse donde estaba,  sentada en el sillón frente a la foto del esposo muerto de un disparo de cañón en la pradera angolana. El mismo que desde hacía algún tiempo, insensible a los gritos de ella, regresaba a disculparse en las noches por dejarla sin los hijos que le había prometido.  

No pudiendo convencer al joven, Marcela le contó de su pánico a la muerte, de su miedo irracional a contagiarse con cualquier enfermedad, aún las no contagiosas, de su interés en recordar a Blanquita llena de vida como la mujer que fue. Pero Roberto insistió y Marcela, vencida por las súplicas de aquel a quien desde niño llamó mi sobrino, no le quedó más remedio que acompañarlo.

Viéndola llegar la enferma convocó las pocas energías que le quedaban para intentar un simulacro de sonrisa. Hizo luego ademan de sentarse pero no le alcanzaron las fuerzas. La amiga se acercó despacio y apretado el pecho confirmó los más atroces comentarios  que le habían hecho: Está más muerta que viva; el cáncer la dejó en el hueso; la pobre, parece una calavera.

 Blanca tosió y Marcela  sintió el tronar de sus pulmones en los suyos. Un momento después, ya de pie junto a la cama una punzada le atravesó la espalda. Pero aun así se compuso para atajar con sus dedos la lágrima que bajaba por el rostro de la enferma. Soldada a los huesos aquella piel era como una tela bajo sus yemas y Marcela por un momento creyó que quien se moría era ella.

¡Qué injusta es la vida, mi amiga! –habló al fin la moribunda-. Tú que siempre has sido tan buena la vida no te ha recompensado con nada; ni hijos ni familia, ni nadie en quien apoyarte -la falta de aire que para entonces no dejaba respirar a Marcela cedió ante la bondad del ángel que a punto de morir pensaba en ella- . Yo en cambio lo he tenido todo–continuó hablando con voz que ya empezaba a apagarse - un esposo maravilloso, tres hijos y un montón de  nietos que adoro –lloró por unos segundos y Marcela lloró con ella, ajena por completo a lo que le faltaba por oír- Tú, mi gran amiga, no tienes por quien vivir, nadie te va a llorar ni tienes nada que hacer aquí… Y pensar que sea yo la que se tiene que morir.

        Por ultimo un nombrete  neoptero: Tony piojillo

        Y uno recto-simiiforme : Rolandito culo ‘e mona

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Nota del autor

Los cuentos de este blog son renovados periódicamente. Favor de no distribuir por ninguna vía sin previa autorización del autor. Una selección de estos y otros cuentos será publicado como libro en el año 2014. 

Gracias.

Lazaro Echemendia

Romárico el nagüe contra las serpientes.

Romárico el nagüe contra las serpientes:

Dos años pasó el nagüe en Siri Lanka como entrenador de boxeo. Del islote a un costado de la India no lo impresionó el sabor extraordinario de su té, único en el mundo, ni las extrañas vestiduras de su gente, ni las cabezas rapadas de los monjes budistas. De la fauna más antigua del planeta no lo impresionaron los leopardos, ni el mono con ínfulas de dios que habita en los templos, ni los búfalos, ni los elefantes amaestrados.

 Décadas después  de su visita, sus recuerdos tienen más que ver con ciertas costumbres nacionales y con la maldita circunstancia de las serpientes por todas partes.

Recién llegado a Colombo, capital económica y cultural de la república, fue  invitado a una cena organizada en su honor por un empresario local. Criado entre los picos de la Sierra Maestra y dueño, por así decir, de un paladar bravío, el nagüe engulló sin problemas cuanto plato encontró sobre la mesa, desde el tradicional pittu –mezcla de arroz con coco hervido- hasta gusanos de bambú en salsa de hormiga. Los invitados –unos quince entre hombres y mujeres-  lo observaban atónitos,  fascinados con el apetito del extranjero.

El cubanito se aclimataba tan bien que parecía uno de los suyos.

Degustaba su porción de tarántulas fritas cuando el individuo sentado a su derecha abrió la boca de repente y desde sus profundidades gástricas dejó escapar un eructo.

Nadie, salvo el santiaguero, pareció sorprenderse. Desconcertado vio a los comensales sonreír mientras concentraban su atención en el anfitrión de la velada. Solemnes bajaron la cabeza y tras la reverencia se dio inicio al bombardeo. El cubano era ahora el atónito. Uno tras otro estallaban los eructos en tanto Romárico, ya sin el ímpetu voraz de segundos antes, aguantó sin respirar a medida que el aire se hizo más denso. No sabía que era la costumbre por aquellas tierras de agradecer al anfitrión por la deliciosa cena.

El vaho se disipó finalmente y justo cuando el santiaguero se disponía a disfrutar de un postre a base de huevos de lagarto en salsa de abejas, comenzó la fase 2 del bombardeo. Esta vez desde otro flanco. Moviendo arriba y abajo la cabeza en señal de asentimiento, cual sincronizada danza comenzaron a mecerse sobre el asiento y  alternando sus glúteos: ¡Bang! –rememora Romárico- allá va eso.

Veinte años después de su estancia en el país de los cocoteros, el nagüe recuerda menos su periplo al  gran templo de oro de Dambulla, patrimonio histórico de la humanidad, que el viaje de vuelta. El camino era agreste y, horror, infestado de serpientes. Ninguna lo aterraba más que la especie a la que los nativos llamaban la voladora.

Regresaban después de pasar el día recorriendo las grutas milenarias que los antiguos construyeron en honor al Buda, cuando el chofer, cubano lo mismo que él, a mitad de camino se le ocurrió invitarlos a comer en una aldea. Romárico se opuso de inmediato pero terminó cediendo a los ruegos de la pareja de esrilanqueces que los acompañaba. 

Terminada la cena e instalados de nuevo en la camioneta continuaron camino a través de la selva   con mayor densidad de serpientes del mundo. Tantas que sus cuerpos crujían bajo el peso de las llantas. Atento a cada movimiento, el nagüe comenzó a sospechar cuando mirando con el rabillo del ojo notó cierto movimiento a sus espaldas. Al punto se acercó al retrovisor y confirmó que en efecto la mujer se mecía de lado a lado. Un segundo después llegó la onda expansiva y el nagüe se lanzó a bajar la ventanilla. Pero tú estás loco, le dijo el chofer, se va a colar una serpiente. Que serpiente ni serpiente, le respondió Romárico tras comprobar que ya el hombre también se mecía. ¡Frena!, ¡frena esta mierda, coño! le ordenó justo cuando llegaba la réplica. Cómo voy a para aquí ¿tú estás loco?- replicó el chofer- . ¡Para carajo o me tiro! – ripostó  a gritos el nagüe y sin darle tiempo al otro a reaccionar, abrió la puerta y se lanzó al aire puro

Hasta aquí la historia de cómo Romárico el nagüe se enfrentó a las serpientes.

 Fin. 

Por último un nombrete escatológico: Hector tibol.

Y uno visceral: Mondongo.

Lázaro Echemendia

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Entrevista del autor para el blog Sopa de cabilla
Fallo del XXI Certamen de Relatos Cortos “Meliano Peraile”

13 de Junio del 2013. Mi cuento “La noche del general” gana el primer premio en concurso de relatos celebrado en Madrid. LE

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