ENCICLOPEDIA OFICIAL DEL NOMBRETE CUBANO
Blog de cuentos reales dedicado al nombrete cubano, sus personajes y leyendas.
Autor: Lázaro Echemendía
Nombrete: Palabra de origen canario de uso frecuente en Cuba, República Dominicana y otras naciones del Caribe. Equivale a apodo, sobrenombre 
 

Blog de cuentos reales dedicado al nombrete cubano, sus personajes y leyendas.

Autor: Lázaro Echemendía

Nombrete: Palabra de origen canario de uso frecuente en Cuba, República Dominicana y otras naciones del Caribe. Equivale a apodo, sobrenombre

 

Breve biografía inconclusa de Kiki millonario

              Harta de sus golpes Judith lo abandonó una noche para irse a recibir los de su mejor amigo. Siempre dijo que no la quería, pero una historia distinta cuenta la nota de su puño y letra que días después ella le trajo a mi hermana, y de la que a continuación copio fragmentos con fidelidad de amanuense.

 … A vel y de que silbieron los poema que te ise. Te lo di todo y eso tu lo sabe muy bien. Pensal que te tratava como  una reina y que me ayas traisionado con ese muelto de hanbre… Pero mi vengansa es dulce y la yebas contigo en el tatuaje que te ice. Dile a ese hijo de  puta de palte mia que me rio de el todo los dia  por que se que  cuando te haga el amor ba a tener que leer mi nombre KIKI, donde mas le duele.

Total -me comentó poco después-. Si yo lo que estaba loco por soltarla. Dentro de unos meses llega mi mujer con mis hijos de Cuba y no me convenía tener ese osorbo arriba.

Ni siquiera sabíamos que nuestro amigo tenía familia, mucho menos que dentro de tan poco tiempo fuera a compartir sus días con la más extraordinaria mujer de que el mundo haya tenido noticias. Es la mejor enfermera de Matazas –decía ahora que siempre hablaba de su esposa- Sabe más que un médico. Un filtro, la verdad… Ah y fíjete bien, que es bilingüe por tres idiomas. Español, ingles y francés…

De que adoraba a la madre que había dejado en Jovellanos ya estábamos enterados por la forma en que le hablaba cuando venía a pedirnos el teléfono prestado para llamarla. Entre lágrimas la saludaba y entre beso y beso levantaba el ánimo con  noticia sde sus más recientes éxitos. Ya me compré la casa, vieja, y vendí uno de los carros, total para que quiero tanto. Ahora voy a  comprarme otra moto.  Dile a mi prima Martica que la semana que viene me voy pa Hawai, que cuando vire le mando las fotos…

A menudo lo invitábamos a comer pero en lugar de compartir nuestra mesa prefería llevarse la comida al apartamento que compartía con Jorge Luis, rollizo personaje   de quien lo creímos sobrino hasta que  tras una explosiva discusión el gordo lo expulsó de sus dominios. Te vas pal carajo de aquí, -le gritó a los cuatro vientos- pero antes me devuelves las llaves de la moto y los tres mil dólares que te di.  

$3000 le había costado la cadena con el San Lázaro monumental que  planeaba no colgarse del cuello hasta el día que aterrizara, victorioso, en Matanzas. Lastimosamente tuvo que venderla para pagar los pasajes de avión de su familia, frustrándose así uno de sus dos grandes sueños.  El otro, me lo hizo saber alguna vez: llegar a Miami montado en un Corvette. De cómo lo iba a lograr no estuvimos seguros, hasta que nos reveló su intención -predestinada- de ganar la lotería de Texas. Su abuelita se lo había confirmado en un sueño. Desde entonces dormía con lápiz y papel bajo la almohada porque el número –le aseguró la difunta- se lo traía en cualquiera momento.

Las fotos de Hawai nunca las vimos. Las envió sin enseñárnoslas tan pronto se las compuso un amigo que era, decía, un mago arreglándolas en la Internet.  A su familia rara vez le mandaba cartas. Sus mensajes casi siempre iban escritos al dorso de fotografías. En cierta ocasión, de paso por la profunda Luisiana, nos detuvimos a almorzar en un casino y apenas saltamos del auto puso la pequeña Canon en mis manos. El mismo se encargó de encontrar el ángulo. Sus instrucciones fueron precisas: Yo al lado del Mercedes Benz y los dos camiones detrás. Tiempo después reconocí la foto recién dedicada a su madre: Con mi carro nuebo y los dos camione que me conpre.

Vivía ya con su familia en el apartamento del suroeste de Houston que el gordo -  a cambio de no hacer público el video que habían hecho juntos- les había rentado cuando se me ocurrió preguntarle si no extrañaba a Judith. Que pasa –me respondió en tono  ofendido- yo sé reconocer mis errores.

 La misma repuesta me había dado cuando quise saber las razones por las que en mi ausencia invitó a mi novia a ver una película a su apartamento. Tan pronto abrió la puerta –me contó Yam mas tarde- escuchó los chillidos de una mujer. Venían del televisor frente al que entre palos de Bacardí comentaban el anfitrión y dos amigos la escena. Ella  se dio la vuelta y antes de cerrar la puerta todavía le dio tiempo a escuchar la vos de nuestro amigo que decía: Pero eso no es na, tú va a ver lo loca que la pongo ahora. La perla hace maravilla, asere

Se refería a cierto dispositivo estimulante hecho de cristal pulido que se había injertado bajo la piel durante su estancia en la prisión de Agüica. 

Rompimos relaciones –por su bien y el mío- tan pronto supe la manera en que su esposa bilingüe pagó por los flirteos que nunca tuvo conmigo.

No volví a  saber de él hasta que hace unos días mi hermana escuchó en la radio su llamada a una estación local. Se identificó con la voz algo tomada pero supo que era él en cuanto terminó su alocución: Quiero mandal un saludo a todos los cubanos de Houston. Aquí desde mi yate … pescando tiburone en el golfo…

 Fin

L. Echemendia 

Por último un nombrete mucoso: Teresa mocoseco

Y uno bolchevique: Luisito tabaritch

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¿Y cómo es que hacía Emiliano?

Dobla en la esquina con el torso desnudo y dando zancadas enfila calle abajo mientras el sol saca destellos luminosos a su piel, negra como hollín de ingenio azucarero. Anda descalzo y sus pies parecen bloques a los que el roce perpetuo del concreto ha convertido en concreto. Avanza sin levantar la vista del piso al tiempo que ceñidos con una cuerda a su cintura ondean los restos del pantalón de miliciano que lleva puesto hace cinco años.  Media cuadra después se detiene y atrapa de un zarpazo un trozo de pan mohoso que acto seguido mastica con gana infinita. Sigue adelante y ya se siente el hedor que lo acompaña. Unos metros después, a punto de alcanzar la esquina, alguien le grita: Oye güije  ¿Y cómo es que hacía Emiliano? 

Pero el güije no responde de inmediato, no levanta la vista del piso y si no dice nada es porque no sabe hacerlo. Sin detenerse muestra sus manos y con uñas que parecen garras  hace como si arañara el aire.

Hasta aquí la escena que a diario se ha venido repitiendo en el pueblo durante los últimos dos años. Desde la tarde infausta en que montado en su bicicleta Forever salió Emiliano de la casona que a un costado de la carretera central alberga la Asociación de Combatientes. Iba como siempre con sus medallas al pecho, camino a cumplir una misión que nadie, salvo su moral de combatiente, le había encomendado. Esta noche los meto preso a todos, fueron las últimas palabras que antes de partir, entre eructos etílicos, le oyeron decir sus compañeros. 

No imaginaba que a esa misma hora entraba el güije por el otro extremo del pueblo. A decir verdad ni sabía quién era, lo había visto un par de veces en su eterno deambular por las calles, pero desconocía la leyenda del vagabundo sin nombre que vivía en una choza al lado del rio, como los güijes.  

Un solo pensamiento ocupaba la mente de Emiliano mientras pedaleaba rumbo a su destino: Atrapar al bando de facinerosos que tras la puesta del sol se dedicaban a saquear los trenes de carga camino del puerto. Sediento de gloria, podía imaginarse  agradeciendo las felicitaciones del capitán frente a la escuadra de auxiliares de la PNR, emoción nada comparada al fulgor de las nuevas medallas que poblarían su pecho, quien sabe si hasta le otorgarían al fin la pistola que tantas veces le habían prometido.

Absorto en sus fantasías, cómo iba a pasarle por la mente que unos pocos minutos después su destino quedaría para siempre ligado al del mugriento vagabundo que en la noches, de regreso a su bohío por guardarrayas y trillos, solía visitar de incógnito las fincas de los campesinos para -ignorante de sus actos- llevado de la mano por sus instintos,  aplacar con vacas y corderos -sin importar el sexo- el fuego apremiante entre sus piernas. De esas incursiones llevaba un tajo en el hombro, recuerdo de la noche en que infraganti lo atrapó un campesino, quien ante el horror de su vaca mancillada, a plan de machete lo expulsó de sus dominios.

Caía la tarde cuando Emiliano, ya sin su bicicleta, se parapetó tras unos matorrales a unos pocos pasos de la vía férrea. Desde allí contempló, insensible al espectáculo, cómo el cielo comenzaba a pintarse de rojo, mientras  crecía a su alrededor el murmullo ensordecedor de los insectos. Una bandada de pájaros pasó chillando a gran altura y poco después se convirtió en nube negra.

Desde su posición el ángulo visual era perfecto, limpio, ideal si tan solo la oscuridad se hubiera retrasado unos minutos.

Los complotados aparecieron apenas se perdió el último rayo de luz, cuatro individuos, en total, a juzgar por el número de voces. Sin demora treparon a los vagones y con la precisión que sólo puede dar la práctica continua comenzaron a desvalijar la carga.

Desconcertado ante el exacto proceder de aquellas sombras, más la imposibilidad de poner nombre a ninguno de los rostros, no le quedó al héroe más remedio que abandonar su escondite y bastón en alto improvisar el arresto.

¡Alto o disparo! -gritó, olvidando acaso que los bastones no disparan. Acto seguido -resuelto a no dejar escapar su momento de gloria- se acercó a la carrera. Y es precisamente en este segundo de la acción donde cabe preguntarse si su suerte habría sido distinta de haber elegido otra estrategia, una variante que le hubiera dado tiempo a ver el puño que, certero, se incrustó en su ojo derecho.

Aturdido por la contundencia del golpe, ya no pudo conservar el equilibrio tras tropezar con los rieles. 

Abyssus abyisum invocat*, reza el proverbio milenario, que si bien sirve de hilo conductor a esta historia no alcanza para explicar la mala suerte del auxiliar de policía. Quien sabe si su destino estaba escrito en las estrellas, o si fueron los espíritus del río, quienes guiaron los pasos del güije hasta el declive donde todavía inconsciente reposaba Emiliano.

Ignorante de toda convención humana al vagabundono lo contuvo el uniforme, ni  lo disuadió la gorra con la estrellita en la frente, ni el cinturón de militar ajustado a la cintura. Su elemental discernimiento no le advertía que se trataba de un hombre atropellado sino un cuerpo tibio sobre la hierba, una delicia que le regalaba la noche. 

Tuvo a su favor el violentado que en premio a sus años de servicio el capitán accedió a su petición de archivar el caso, la orden fue tajante: Aquí no hay investigación ni arrestos. De ahí que dos años después perdure aún el misterio de cómo se filtro la información, cómo es posible que otra vez venga el güije a toda marcha y al escuchar que alguien le  pregunta: ¿Y como es que hacia Emiliano?, responda mostrando sus manos con uñas que parecen garfios y sin detenerse haga como si arañara el aire. 

* Las desgracias nunca vienen solas

 Fin 

Lázaro Echemendia

Cierro con un nombrete geométrico: Beto cilindro.

Y uno sacárido: Rita guarapo.

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Entrevista del autor para el blog Sopa de cabilla
De cómo Evelito el quesero se hizo fantasma

 

Cuento incluido en libro en preparación

Desde Caracas con Amor. El regreso de Magui la patagona.

Desde Caracas con Amor. El regreso de Magui la patagona.

Como podía Magui imaginar que la esperaba una fiesta sorpresa, si en carta reciente desde Caracas le  había advertido a su esposo que prefería un reencuentro tranquilo, sin aspavientos.  

Cómo era posible que no aterrizaba el avión todavía y ya estuviera reunidos para festejar “… el regreso triunfal a la patria de la Doctora Magui Padrón, dos años  después de su partida en misión internacionalista hacia la hermana tierra venezolana” La cita es textual, extraída expresamente del discurso que para conmemorar la ocasión había preparado Ramiro Cano, presidente del poder popularJunto a él, engordando la lista de invitados, honraban la celebración el  compañero Saúl López, alias Cagatrillo, coordinador de salud pública, y el no menos compañero, Ramirito el cojo, primer secretario del partido en el municipio. Faltaría si acaso añadir a esta constelación de personalidades, la presencia de Joel Moreno, pastor bautista y  guía espiritual del  hombre más feliz del mundo: el esposo.

Que bendición, pastor, tenerla de vuelta –le decía el muchacho a su mentor, mientras el bullicio de los niños, liderados por los dos de la pareja, hacía del salón un manicomio. Y pensar que en un rato la tendré de vuelta  Dos años, pastor, dos años sin verla  –dejó escapar un suspiro aliviado de saber que terminaron las noches en vela releyendo cartas firmadas: Desde Caracas con amor, Magui.

Prueba de que Dios ha escuchado tus oraciones, Manuel, le respondió el pastor. Las escuchó antes, cuando la trajiste al buen camino y las escuchó ahora que te la envía sana y salva de vuelta.

Arduo había sido para el esposo el proceso de traerla al buen camino. Si difícil fue hacer que pusiera un pie en el templo más difícil fue la espera porque obraran las oraciones de la congregación sobre la dura cerviz de la muchacha. Hasta que poco a poco, o debería decir, Dios mediante, obró el milagro y en criatura de Dios se convirtió a través de la santa zambullida del bautismo. 

La rumba me está llamando, Belén dile que ya voy…  cantó Celia Cruz  por los altavoces y Jesús el patagón, padre de la homenajeada, saltó el primero a la pista arrastrando consigo a Anita, su esposa. A punto de terminar la pieza, directamente desde la panadería del pueblo irrumpió por la puerta el lechón asado.

Ya viene, ya viene, alertó desde la calle uno de los niños y Manuel partió adelante escoltado por el tumulto. Un poco más retrasado corrió Jesús, a quien el ron había borrado la memoria de lo que se celebraba.

En efecto, el carro acababa de doblar en la esquina y lentamente avanzaba por la calle engalanada de banderas de Cuba y Venezuela. Una marejada de vecinos llegaba a la carrera para sumarse al recibimiento. El auto finalmente se detuvo y la doctora emergió del asiento trasero. Manuel corrió a abrazarla, unos pasos detrás, sus hijos. Perseguidos los tres por cientos de miradas que cargadas de emoción disfrutaban del acontecimiento hasta que en el último segundo… Magui  desapareció dentro del auto. 

Manuel abrió la puerta y lo poco que a continuación se dijo lo dijo ella: Lo siento. No quería que fuera así. La última línea la pronunció llorando sobre el hombro del desconocido que venía a su lado. Si la frase llegó a conocerse fue por cortesía del chofer que días después la haría pública.     

A la revelación siguió lo inimaginable. Dios abandonó el cuerpo que hasta aquel día le había servido de morada, y Satanás, siempre al acecho, aprovechó para  instalarse. Quién sino pudo haber puesto en boca de Manuel la sarta de atrocidades  que a coro reprodujeron sus hijos.

De repente el foco de atención saltó a Jesús, quien momentáneamente  recuperado trató de acallar los gritos de su esposa: Pero acuérdate que es tu hija…le decía  Tiene a quien salir… ¿No?

Tocó ahora al pastor interponerse entre el ultrajado y el carro. Pronto caería en la cuenta de que para tranquilizarlo necesitaría más músculos que plegarias. Con Manuel forcejeo hasta que corto de fuerzas no tuvo más remedio que solicitar auxilio: ¡Ayúdenme,  coño!, gritó y el llamado  sacó del shock a los amigos de Manuel, quienes  sumando sus fuerzas ayudaron a evitar la tragedia y que el bueno de Manuel –con esta palabras le agradeció el pastor más tarde- cargara con la condenación eterna.  

Un año después de los sucesos Magui volvió a empaquetar  su estetoscopio y en Cubana de Aviación se regresó a Caracas. Manuel retomó con entusiasmo los caminos del señor y dentro de dos años se graduará de pastor en el seminario nacional. Los niños viven con sus abuelos maternos. Le han prometido a su madre que le escribirán cada semana. Lo único que quieren, le han dicho, es que les traiga otro play station. Ella intentará complacerlos, pues sabe que lo que no logró con palabras lo pudo la magia de los video juegos.     

Debo por último aclarar que por obvias razones he cambiado el nombre de los implicados. De manera que no es Magui el nombre de la doctora como tampoco es El Guatao el nombre del pueblo, a pesar de como terminó la fiesta. 

 

Fin 

Cierro con tres nombretes esta vez

Uno equino: Rubén pecho e mulo

Uno mucoso: Tete moquillo,

Y uno escatológico: Aldo caga lejo 

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De cómo pasé la noche con Mireya la rusa.

 

Cuento incluido en libro en preparación

Laudelino el cirujano

 

Cuento incluido en libro en preparación

De como se conocieron Felito el gordo y Eloisa la inglesa

Santa Clara, Cuba

Es el verano de 1995. Felito y Eloísa están a punto de conocerse en un albergue de la Escuela de Medicina. Ninguno de los dos imagina la sorpresa que le aguarda. Será un encuentro fugaz, inesperado, pero unos pocos segundos alcanzarán para que ella no olvide jamás el rostro chato de él ni él los ojos estupefactos de ella.

Abel es el mejor amigo del gordo y el tercer protagonista de esta historia. Hace un par de meses conoció a Eloísa en una fiesta de la Universidad Central, y esta tarde por segunda vez la ha invitado a su cama.  

Son casi las dos y en el albergue dos del tercer piso, la escena está lista para dar paso al suceso que con los años se convertirá en leyenda. Cinco minutos después se abre la puerta y Eloisa entra quejándose del calor insoportable que no la deja respirar. Escondido en el ropero Felito aguanta la respiración al escuchar los taconazos y aprieta los dientes para conjurar el cosquilleo  que acaba de tomar su cuello por asalto. Acto seguido Abel enciende la radio y desde el aparato salta la voz de un locutor exhortando a la población a mantenerse a salvo del sol que amenaza con derretir la ciudad hasta sus cimientos. Poco después la cama cruje bajo el peso de los amantes, es la señal para que Felito, leve como el humo que se eleva, suba la cabeza hasta alinear los ojos con la hendija.

Cuesta creer que este muchacho escondido en el ropero, llegará a ser un clínico respetable en un importante hospital de la Florida. Pero quienes lo conocen saben que la oncología es la otra obsesión de su vida desde que a los doce años el cáncer se llevó a su padre.

Eloísa cursa el cuarto año de Ingles en la Universidad Central. Ama la lengua de Shakespeare al punto que la ha convertido en el idioma exclusivo de sus sentimientos, o más exactamente, en el instrumento para expresar sus emociones más intimas. Felito lo supo la primera vez que escondido en el baño junto a sus compañeros de cuarto, la escuchó hacer el amor con su amigo. Tal impacto tuvieron en el estudiante los  anglicismos de placer que soltaba la muchacha entre alarido y alarido que de inmediato le pidió a Abel le concediera el privilegio de ver la movie en directo.

Juntos calcularon el día y la hora perfecta, el ángulo exacto del ropero y la altura  ideal de la ranura. Era un plan casi infalible no hubo detalle que pasaran por alto, salvo el pronóstico del tiempo.

Y en efecto, la visión desde el ropero es magnífica. Eloisa suelta el primer I love you que eriza a Felito hasta los huesos. I love you, repite con un suspiro y Abel ABle no puede aguantar l a carcajada que frena el impulso de la inglesa. Felito aprovecha la pausa  para acomodar los ojos y secarse la frente. Ella vuelve despacito a la carga Oh yeah!, oh yeah, baby!

Poco a poco los gemidos van tomando el lugar de las palabras mientras la ninfa cabalga lentamente por las praderas del éxtasis. Felito, desesperado, no puede disfrutar a plenitud del momento, se lo impiden el ardor en los ojos y una incipiente fatiga en el pecho. De repente la muchacha se lanza a galope tendido  y los últimos vestigios de Eloisa se desvanecen al fin  entre los ruegos de la inglesa. Oh, god, Oh, god, Oh my God!… Yes, yes, yes. Oh my God! Yeah, Yeah, More, moreeeeee!  

Mientras tanto en el interior del armario la temperatura sube por segundo, la prueba son los ríos de sudor y el charco que crece entre su base y el piso.  Abandonado a su suerte, Felito ha perdido el interés en lo que pasa afuera. Se acerca el clímax de la acción y ni siquiera lo impresionan los desvaríos obscenos de la muchacha,  f… me!  f… me!, la escucha gritar, pero su mente confunde las palabras con los deseos de un poco de aire puro. Ya no son sus ojos sino su nariz la que acopla a la ranura mientras el resto de su cuerpo se cocina a fuego lento. De repente no sabe donde está, siente que se duerme, que flota, alguien grita y comienza a moverse en la direccion de los gritos. Es entonces cuando un impulso poderoso brota desde el último rincón despierto de su subconsciente.

La fenomenal patada deja al ropero sin puerta y el coito inglés –con este nombre  pasará a la  historia- queda  mortalmente interrumpido por una expresión ciento por ciento criolla. 

Me ahogo, cojone.

Nadie pronuncia palabra. A la aparición sorpresiva del gordo sigue tan solo un intercambio silencioso de miradas. Felito respira profundo y sonríe con el placer del que ha vuelto a la vida. Acto seguido echa otro vistazo fugaz a los amantes y se encamina directamente hasta la puerta.

Ya en el umbral, un paso antes de salir al pasillo, se voltea y sonriendo otra vez se despide en un perfecto inglés a la criolla:     

Gud bai.

——-

Por último un nombrete mefítico: Aldo la mofeta

Y uno convolvuláceo: Tony boniato  

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Elio Huevo frito en la noche de Pentecostes

Cuento aparecerá en libro en preparacion

Ramoncito el ranger en America

Cuento incluido en libro en preparación

Yo soy de Tranca ¿Y tú?

Cuento incluido en libro en preparación

 

Monologo de Tonito Juliet

Ay sí mi amiga me voy a tener que operar, porque un día de estos me matan.  

Ya me apunté en la lista de Marielita la presidenta, dicen que demora muchísimo, pero  le estoy pidiendo fuerte a Yemayá para que me apure el turno.

Pa’ que te voy a mentil, le tengo un miedo a esa operación que me meo, si fuera por mi no me hacía nada. No me hace falta operarme para ser auténtica. Tus sabes que  soy más loca que Messalina y más regia que Carlotica de Mónaco, que cuando me emperifollo no hay quien diga que no soy hembra…

El único problema es que a Juanqui le gusto más al natural. Dice que voy a perder su  amor de mulato si me opero. Pero no me importa, mi amiga, no me pienso quedar con eso  para complacer a ese payaso sinvergüenza que se pasa la vida pegándome cosas.

Por eso el sábado me le escapé para el cabaret.

En mala hora, mijita. Enseguidita me ligué un guajiro de no sé qué campo ahí. Nilo, creo se llamaba. ¡Más bueno que estabaaaa!. Pues nada que me sacó a bailar, nos dimos unos besos, me compró unos tragos… Un caballero, la verdad, ¡Uy! y hasta poeta, se pasó la noche cuchicheándome versitos de Buesa.

Lo único que no me gustó fue que le pedí un vaso de agua y cuando me lo trajo me preguntó, ¿satisfacida? Mira, niña, por tu madre que casi me atraganto con el agua aquella…  ¡Ay! Pero me gustaba tanto que le perdoné la burrá.

Me sentía como en un cuento de hadas, te lo juro, la cenicienta con su guajiro encantado. Pues quién te dice, mi amiga, qua todo iba  muy bien hasta que el hombre se antojó de ir al baño y ahí mismo parece que alguien se lo soltó.

Muchacha ¡Cuando regresó!  Venía echando fuego por los ojos, no me dio tiempo a nada, me agarró por ahí y me dijo ¿“y esto”?

Le solté lo primero que me vino a  la mente. Eso, esos son  unos linchacos que me prestó mi primo Jorgito Rosasaya

En mala hora, muchacha. Me ha dado una galleta que de milagro me quedan dientes. No sé de donde saqué las fuerzas pero conlamisma le metí una yo a él. Y ahí mismo fue cuando sacó el cuchillo.   Casi me muero cuando vi aquello, por tu madre. Me mandé a correr y a pedir auxilio, ¡Socorro! ¡Socorro! ¿Tú crees que alguien me hizo caso?… Todo el mundo corrió, sí, pero para ver como destripaban a la diva.

Salí desmelená por aquella puerta. Solté  todo, peluca, cartera y hasta unos tacones acabaditos de estrenar que me había hecho mi amiguito Hatuey. Que horror por tu madre, yo atometel descalza por la calle y aquel hombre detrás con aquel matavaca gritando, párate, párate.

Ya casi me le había escapado cuando en eso resbalo y caigo revolca’ por el piso. ¡Que momento por tu madre!, cuando vi aquel filo brillandoparribaemi. Lo único que pensé fue, despídete bala perdida.

¡Pero mi estrella es grande, mi amiga!

Quien te dice que en el último momento resbala también el guajiro y ahí mismo salté como una gata y lo dejé atrás de vedette con los aplausos. .

Dicen que todavía me anda buscando, por eso estoy pasándome estos días en casa de mi tía. De Juanqui tampoco quiero saber hasta que se me quite esta picazón de arriba. Esos bichitos son el diablo, me he echado de todo, por tu madre, pero lo único que me alivia es el petróleo.

Te juro que les va a costar trabajo agarrarme. La semana que viene me voy para La Habana. Tengo una amiguita operada que quiere que me vaya con ella a luchar italianos en la calle Monte.

Estoy embullaísima. También me quiere ayudar con lo de mi operación, dice que si salgo a arrollar con ella en la  conga de Mariela a lo mejor hasta me apuran el turno.

O quien sabe si me va bien con el turismo hasta yo misma me la pago. Porque hay cirujanos que operan por la izquierda.

La cuestión es que no me la puedo seguir jugando. Tengo que operarme antes que ocurra una tragedia.

Esto, mi amiga, es asunto de vida o muerte… o yo o ella.

Fin 

Por ultimo un nombrete onánico: Otilio paja larga

Y uno ferroviario: Serapio clavo ‘e linea

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Leonardo Guatanamera

 

Cuento incluido en libro en preparación

Nocturno de Mirabal la muerte

Son la doce  de la noche y en el barrio La ramona reina la calma. La luna comienza a trepar el cielo por el este, en tanto una brisa húmeda  llega desde los mares del sur a refrescar la madrugada. No hay gente en la calle y la avenida principal luce como detenida en el tiempo, el único signo de vida son dos perros enclenques  que acaban de doblar en una esquina y cruzan sigilosos hacia la acera de enfrente. La brisa silba ahora con fuerza entre las ramas de los árboles y penetra por las ventanas abiertas del vecindario.  Justo cuando pareciera que los vecinos podrán dormir al fin, que el calor es historia, al menos por esta noche, y que la paz que ahora respiran durará hasta la mañana, se deja escuchar una voz.

¡Te bañaste,  desgracia’o! – transcurren unos pocos segundos y los que no despertaron antes despiertan ahora con la segunda ráfaga. ¡Ya te lo he dicho mil veces, cacho ’e cabrón, que no me gusta dormir con peste a muerto en la cama!

Al exabrupto sigue un golpe sordo que pone a temblar la cuartería, señal de que Jacinto Mirabal acaba de caer al suelo.

¡Maaaaaaarta! –habla ahora el marido- ¡Marta, coñó! ¡Cómo tu me vas a dar ese trastazo, yo soy un hombre, carajo. ¡Yo soy tu marido y tú me tienes que respetar! ¡Qué van a pensar los vecinos!

No imagina Mirabal la muerte que los vecinos conocen la respuesta de antemano: Que eres un tareco –responde la esposa- eso es lo que van a pensar.

Maaaarta, que yo soy tu marido, coño –la insistencia en su rol conyugal tiene también su respuesta.

¿Marido? y con qué cuentas. 

Pero Marta, por tu madre que van a pensar la gente. Baja la voz que te van a oír.

No sabe el funerario que su precaución es superflua, que a Marta la escuchan cada noche que él se le acerca demasiado: Échate pa’ alla viejo cochino, que a ti no te aguantan  ni  los muertos.

Es el precio de vivir entre las tablas de la vieja cuartería, los Mirabal, actores de su propio drama y los vecinos, espectadores obligados de la comedia.

Lo siento, corazón –vuelve Marta a la carga- pero si quieres acostarte sin bañarte vas a tener que buscarte otro trabajo.

¿Sí? y quien va hacer lo que yo hago en este pueblo –habla Mirabal con el aplomo de quien se sabe indispensable, con el derecho que le otorga ser maestro primado del oficio. Su esposa lo ha ofendido en lo más hondo, y ardoroso levanta ahora la voz en su defensa. Yo soy un profesional, carajo.

Desde los confines del pueblo llegan los aullidos de perros en trifulca. Un grillo rompe a cantar afuera y Marta suelta una carcajada.

¡Tú lo que eres un viejo berraco que se las da de cirujano!  ¡ Y acaba que no estoy pa’ ti, deja la habladera y camina pal baño!

Se escucha un  ruido apresurado de pasos y acto seguido la voz de Marta que regresa. Ah y que no se  te ocurra prenderte a la botella

La advertencia hace recordar al auditorio la escena de por la tarde. El altercado se inició con la respuesta del marido a una pregunta de la esposa. Ella volvió a preguntar y él insistió en su teoría sobre las propiedades del ron como antídoto contra los efectos del formol. Ya te lo he dicho mil veces mujer, que el ron ni me gusta. Me di unos tragos con los socios para destupirme la nariz y quitarme el mal sabor que me dejó  el formol en la garganta.  

Marta, fiel a su costumbre durante sus arranques de rabia, permaneció callada. No tendríamos noticias de lo que sucedió después de no haber sido por los gritos de Mirabal y sus pedidos de clemencia. ¡Ay coño, Marta,  no me des más por tu madre!

De inmediato al reclamo del esposo se le sumó el de Ilianita, la hija adolescente. Ay mamita no le des más que lo vas matar.

Coge el cuchillo y mátalo tú,- respondió la madre- que todavía eres menor de edad y a ti no te van a meter presa.

Son las doce y treinta y la brisa enfrió al fin la madrugada. Dos gatos maúllan a lo lejos mientras en la cuartearía retumba otra vez el sonido de pasos. Transcurren unos minutos de silencio y se deja escuchar una última ráfaga: Échate pa’  allá, viejo e mierda

La ramona por fin vuelve a la calma.

 

Por último un nombrete escrotal: Félix huevo ‘e toro

Y uno escatológico: Cuzito mojón de  chiva

 

Fin

Lázaro Echemendía

 

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