ENCICLOPEDIA OFICIAL DEL NOMBRETE CUBANO
Blog de cuentos reales dedicado al nombrete cubano, sus personajes y leyendas.
Autor: Lázaro Echemendía
Nombrete: Palabra de origen canario de uso frecuente en Cuba, República Dominicana y otras naciones del Caribe. Equivale a apodo, sobrenombre 
 

Blog de cuentos reales dedicado al nombrete cubano, sus personajes y leyendas.

Autor: Lázaro Echemendía

Nombrete: Palabra de origen canario de uso frecuente en Cuba, República Dominicana y otras naciones del Caribe. Equivale a apodo, sobrenombre

 

Lost in translation

A Leo y Clara Jorge

El doctor Francisco Cabezas, jefe del servicio de urgencias,  despertó a las seis en punto como cada mañana.  Medio siglo después de haberse graduado en Paris, su brillante carrera llegaba aquel día a su fin.  Sentado al borde de la cama pasaron por su mente los momentos más importantes de su vida: El primer paseo por el Sena, su encuentro con los yoguis en la india, la extensa carta de su madre pidiéndole que regresara a La Habana.

            Saltó de la cama con la agilidad que su liviana complexión le permitía y anduvo a cambiar las flores de Manuel. Frente al minúsculo altar bajó la cabeza y juntando las manos frente a su pecho elevó  una oración por el alma de su compañero. Acto seguido encendió el tocadiscos y la flauta de mágica de Mozart lo invitó a prepararse, como si de un día cualquiera se tratara.

            De joven prefería las artes escénicas, la pintura, el ballet, Chopin, Stravinsky.  Si se hizo médico fue por voluntad expresa de su madre, y si se inclinó por las emergencias,  fue porque era el único perfil de su carrera que no se le antojaba aburrido. Cada nueva mañana era una aventura en ciernes, un desafío por venir. Mientras desayunaba recordó el rostro del primer paciente que salvó de un infarto,  la primera muerte, el primer pecho que abrió para reanimar un corazón con sus manos.  Recordó también sus animadas estancias en hospitales del interior; el campesino que, sin bajarse del  caballo, entró al hospital de Trinidad y galopando llegó a vengarse del paciente que atendía en aquel momento. Qué no habré visto en esta vida, se dijo poco antes de salir de casa, sin imaginar que, en efecto, algo le faltaba por ver.

            Minutos después, el médico  caminaba rumbo a la parada de autobús, ajeno por completo a la mujer que a unas pocas cuadras de allí, suspiraba quejumbrosa en su pequeño jardín. Movida por la nostalgia de su natal Isla de Pinos,  la no muy veterana señora,  como cada día regresaba a sentarse junto a los helechos que de allá se había traído. Sola y enferma no le había quedado más remedio que hacer caso a su hija cuando esta le pidió que se mudara con ella a La Habana. La enfermedad que de joven le había encorvado la columna,  desviado la cadera,  hundido en el pecho la barbilla y atraído a su figura los más crueles nombretes,  amenazaba con extenderse a sus órganos internos, dejándola sin otra opción  que cambiar el trino de los pájaros por el vocerío capitalino.

Triste respiró el aroma de las flores a pesar de que era un día especial.  La familia –reubicada casi toda en el barrio de Cayo Hueso-  se reunía para celebrar su llegada. Justo a aquella hora su hija  atravesaba en lancha la bahía,  en busca de los pargos que pensaba preparar para la cena. El resto de las provisiones habían llegado de Isla de Pinos la noche anterior, en las alforjas de un primo cowboy.  

Al mediodía ya estaban todos reunidos; quince comensales en total,  incluyendo los niños. Sólo faltaba la hermana mayor de la recién llegada y una anciana tía, enemistadas a causa de viejas rencillas. A eso de las dos el pescado estuvo listo y su hermano mayor  inauguró la cena, recordando algunos pasajes de la infancia compartida. Una tras otra desfilaron las anécdotas, arrancando carcajadas a la concurrencia. Jamás medicina alguna tuvo en la enferma el efecto de aquel ambiente familiar que ahora respiraba. Su rostro sombrío se llenó de luz y pronto la alegría plantó una sonrisa sobre su eterna expresión de disgusto.

 Animados por la cena exuberante continuó la fiesta hasta que un ataque de risa colectiva hizo que una espina del pargo se clavara en la garganta de la enferma. Ella chilló y sus parientes comprendieron,  cuando la vieron agarrarse el cuello con las manos.  Alguien le alcanzó un trozo de pan que ella tragó sin aliviarse. Bebió un vaso de agua, tosió con fuerza, probó de nuevo con el pan y si no hizo caso a la  sobrina que la invitaba a dar saltos,  fue porque su cuerpo no la acompañaba. 

Pasadas las cuatro irrumpió la familia en el hospital. La hermana enemistada y la anciana tía llegaron un rato después, respondiendo a un aviso telefónico urgente. El doctor Francisco Cabezas, quien a la sazón terminaba de atender a un herido, los recibió en emergencias.  Su primera pregunta no fue para la afectada sino para los familiares. ¿Por favor, -les dijo- serían todos  tan amables de esperar afuera?  Solo se permite un acompañante por paciente. La petición –hecha en su tono amable de siempre- tuvo varios lamentos por respuesta,  un par de  gruñidos sordos  y alguna que otra  maldición atragantada.

Tan pronto el cubículo se vació, el médico le habló a la paciente. Su nombre, por favor. Imposibilitada de hablar la mujer cedió a su hija la palabra. Emérita Quintero- respondió a secas.

 Estilográfica en mano, el médico trazó dos garabatos en su hoja de cargo. Volvió a preguntar y acto seguido apuntó la edad y dirección en las columnas siguientes.  Faltaba sólo el diagnóstico que con sinuosos rallones escribió tan pronto fue puesto al tanto de los hechos: Cuerpo extraño en faringe.

No es nada –intentó calmar el médico a la enferma, viéndola respirar como si de repente la espina se hubiera trasladado a sus pulmones.  En un momento se la extraigo. Sólo  les pido que esperen  afuera en lo que preparamos el instrumental.

Apoyada en el hombro de su hija, partió la mujer  a reunirse con sus parientes en el atestado salón, mientras Francisco, puesto de pie,  las vio traspasar el umbral de la puerta,  menos apenado por la espina que por la deforme anatomía de la mujer.

Listo el instrumental,  el médico mandó a buscar su paciente, y atenta a su petición, la enfermera de turno, llamó en alta voz desde la puerta: La señora del cuerpo extraño, que pase por favor.  A la voz siguió un instante de silencio roto por otra voz que decía: ¡Pero habrase visto -hablaba una sobrina de Emérita- , como se te ocurre burlarte de una mujer enferma!  Desconcertada, la enfermera trató de decir algo pero una voz  más fuerte que la anterior  apagó la suya. ¡Más cuerpo extraño tendrá tu madre! - hablaba la hermana enemistada, quien movida de súbito por fraternal impulso, se quitó el  zapato que volando impactó a una señora en la cabeza. Un segundo proyectil desprendió el suero de un brazo y si el próximo no dio en el blanco fue porque la enfermera, ya sin  nada que decir ni oídos que la escucharan, corrió en busca de refugio.  Llorando quedó Emérita detrás cuando la familia avanzó en zafarrancho.   ¡Qué no, qué  no! –Habló a los parientes su hija- Que ella no quiso decir lo que ustedes…   –la súbita  interrupción de una tía no la dejó completar la frase. ¿Pero mija, es que tu no quieres pa’ na a  tu madre?  

Un grueso señor vestido de verde se plantó ante la puerta  y el rápido empujón del cowboy  lo devolvió a su lugar.  Al llamado de los gritos, apareció Francisco y en el tono amable de antes intentó contenerlos.  Cálmense, por favor, cálmense… Pero ni su exhortación, ni su venerable apariencia lograron poner coto a la revuelta.

 La situación se tornaba crítica y otro habría sido el desenlace si no llega a aparecer el director del hospital imponiendo a voces su autoridad por sobre maldiciones e insultos. La calma regresó por fin y un par de minutos le tomó a Francisco extraer el cuerpo extraño.  Emérita pudo hablar y prueba fue lo que dijo con más vergüenza que alivio: No sabe cuánto se lo agradezco, doctor. Sollozó y sin decir más  buscó el brazo de su hija. No hay de qué, le respondió Francisco.

Viéndolas partir el médico trazó una raya negra en el próximo renglón de su hoja de servicio.  Dos líneas más abajo firmó y soltando el estetoscopio se recostó en el asiento;  satisfecho de poner final a su carrera y sorprendido de que, en efecto, algo le faltaba por ver.

FIN

Por último un nombrete escatológico: Sergio mojón blando

Y uno visceral: Berto tripita

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Nota del autor

Los cuentos de este blog son renovados periódicamente. Favor de no distribuir por ninguna vía sin previa autorización del autor. Una selección de estos y otros cuentos será publicado como libro en el año 2014. 

Gracias.

Lazaro Echemendia

Miguelito el pirri contra el periódico Granma

Le prometí que si dejaba de traerme cerveza aguada y trozos de carne seca a la mesa, pondría mi propina como prueba de agradecimiento. Destellos profundos iluminaron de inmediato sus pupilas y aproveché para decirle que el estado deplorable del edificio me hacía sentir que en lugar del Melia Varadero estaba en una escuela al campo. A lo que el camarero, entrando en confianza, respondió entre risas: Te equivocas, no estás en una escuela al campo, estás en un campismo popular. Sin decir más, vació de lozas la mesa y unos minutos más tarde regresó bandeja en alto, dispuesto a cumplir con su parte del trato.

Cuantos años llevas aquí –le pregunté agradecido de que mi cerveza supiera por fin a cerveza-. Trabajo en el turismo desde el 87 –me respondió- Antes valía la pena, ahora esto es una mierda –hizo una pausa y se dio vuelta para asegurarse que era rumor de mar y no de pasos lo que sonó a su espalda. Terminaba el almuerzo y mi mesa era una de las dos ocupadas bajo el guano seco del ranchón. Fue así que sin mucho que hacer el pirri no vaciló en aceptar  cuando le pedí que conversáramos un rato- ¡Muchacho! –continuó- ¡Esto aquí está en candela! Antes venía mucha gente educada de México, Colombia y de todas partes, pero desde que el difunto Carlos Lage implantó lo del “ todo incluido” se jodió la cosa. Pa’ ponerte un ejemplo: Ayer mismo pasó por aquí una delegación de nuestros “hermanos latinoamericanos” que pa’ qué fue aquello. Con banderitas y todo pa’ que sepa’  ¡ No dejaron ni los huesos! ¡Barrieron!, estaban que si les traía los calderos se los comían también. Pero la cosa no acaba ahí, ¡Queeeee va! Tenías que taparte la nariz para acercarte. Yo creo esta gente para ahorrarse el dinero de la   propaganda, parquean una guagua en cualquier esquina y le dicen a la gente: Ni se bañen ni na. ¡Arriba!, to’ el mundo pa’ Cuba!  

La conversación pronto se hizo monólogo y yo, poco menos que extasiado,  disfrutaba tanto de mi plato como de la exorbitante oralidad del mesero. ¡Qué gente, mi brother –continuó-. La propina todavía la estoy esperando. A veces cuando llegan sacan un billete de a diez y lo ponen  en la esquina de la mesa para que me embulle. Pero con esa no me muerden más. Al final se meten el billete en el bolsillo y ni las gracias te dan. Del hotel, que te puedo decir. De milagro sigue de pie. De lo que recaudan no invierten un kilo en arreglarlo. Pero igual están todos para que lo sepas. Un primo mío es económico de otro aquí cerquita y dice que en su oficina tiene un teléfono sin teclas conectado con La Habana que suena una vez al mes. La voz que habla es casi siempre la misma. Le pregunta cuánto hay de fondo y si él le dice que hay, por ejemplo, ochocientos mil, la voz le responde, haz una trasferencia de setecientos cincuenta mil a tal o más cual cuenta de banco. Ahí mismo cuelga el teléfono y oídos que te oyeron…

Hizo aquí un alto brusco a su narración para preguntarme a qué me dedicaba en la yuma. Le respondí que entre otras cosas escribía cuentos. ¿Cuentos de Cuba? -me preguntó-. Pues sí –le contesté- de Cuba más que de ninguna otra cosa. Paró de hablar y acariciándose entre índice y pulgar la barbilla, pareció sumirse en meditación profunda. De súbito sonrió otra vez y ya iba a decir algo cuando lo interrumpió un comensal de la otra mesa. De mala gana partió Miguel en su auxilio, en tanto yo me resigné a esperarlo con su mejor frase repicando entre mis dientes: Ni se bañen ni na.

Dos minutos después regresó a toda marcha. Su sonrisa de entonces, me hizo pensar  que lo animaba algo más fuerte que el monto en CUC de mi promesa. Retomó la palabra justo donde la había dejado. Así que tú escribes cuentos ¿no? Muchacho te voy a hacer uno pa’ que lo escribas, no te vas a arrepentir –me aseguró y yo por supuesto le creí.

De esta parte de su historia guardo más viva mi impresión que sus palabras, por lo que pido permiso al lector para narrarla tal cual pasaron por mi mente las escenas mientras el pirri contaba.

Sucedió un viernes cualquiera, algunos  meses antes de que el azar nos convocara frente al mar aquella tarde de mucho sol y viento que batía desde todas partes.  

Media hora después de terminar sus doce horas de trabajo Miguel regresó a su casa en las afueras de Cárdenas. ¡Carmen! –gritó desde la puerta-. Prepara a los niños que nos vamos pa’ un hotel este fin de semana. ¿Y eso – le respondió su mujer- te volviste loco? Que loco de que mujer, ya salió en el Granma, mira – le dijo poniendo el periódico en sus manos-. A partir de este fin de semana los cubanos van a poder hospedarse en hoteles.

Desconcertada, Carmen prestó atención a la noticia en tanto él sacó de su bolsillo las entradas que acababa de comprar para cierto destino frente al mar al alcance de su bolsillo. Menos de una hora más tarde el moskovitch hizo izquierda en vía blanca y enfiló con sus cuatro ocupantes rumbo a la playa insigne de Cuba. En que pudieran partir sin demora influyó la advertencia del  pirri. Carmen, por favor, mi amor –le habló en tono lastimero al sorprenderla atareada en la cocina-. Mira que no se llevan panes ni calderos a un “todo incluido”.  

En el hotel los recibió una muchacha sonriente. Bienvenidos, -les dijo-. Un placer tenerlos por acá. Ustedes son los primeros turistas nacionales que recibimos. Al punto sacó de la gaveta los documentos del contrato que el pirri cerró de un firmazo. Un instante después la muchacha puso en sus manos la llave de la habitación que ocuparían en el segundo piso. Que tengan una feliz estancia –les deseó- y sin decir más apuntó con el dedo en dirección al elevador. 

            Los niños partieron dando saltos delante, y  unos pasos detrás, su madre, ante tanta alegría desbordada tomó al esposo por el brazo y halándolo hacia sí le susurró al oído: ¡Ay  amor, me parece que estoy soñando! El balbuceó unos sonidos y Carmen, que lo conocía como nadie, comprendió que la emoción no lo dejaba pronunciar palabras

No las pronunció tampoco  cuando agrupada la familia entre las cuatro paredes de metal el pirri afincó el dedo sobre el botón de su destino. Carmen reaccionó de inmediato y de un empujón apartó los niños. Sin precipitarse levantó su cartera en alto y siguiendo al pie de la letra la maniobra que aprendió de su padre electricista, de un golpe certero liberó la mano de la descarga.   

Ya en la habitación el pirri  echó mano al teléfono para alertar de lo ocurrido a la recepcionista. ¡Ay! Sí, muchas gracias señor, le respondió ella en tono más jovial que preocupado,  enseguidita llamo de nuevo al electricista. Quince minutos después volvió a contactarla para advertirle que no funcionaba el aire acondicionado. ¿Qué habitación, la 203 –le respondió ella- ¡Ay, siiiiii, muchacho si está roto hace como una semana! Perdona,  no sé cómo se me pasó. Enseguida te mandamos al técnico. Él habría preferido otra habitación pero accedió presionado por los niños, cuyo único interés eres cruzar cuanto antes la franja de césped que los separaba de la playa.

Antes de partir debió explicar al más pequeño la presencia de aquel rollo misterioso  suspendido en la pared. Es papel sanitario –lo instruyó y tras una simple explicación de sus usos, el niño quiso saber por qué usaban periódicos en casa. 

Caía el sol cuando de vuelta a la 203, los recibió una masa de aire cálido. Ciego de rabia  el pirri descendió las escaleras y a la nueva carpetera manifestó  su intención de no aceptar trato que no fueran las llaves de otra habitación. Ella pareció entender  y pronto estuvieron instalados en la 308.

Llegó la hora de la cena y a tiempo estuvo listo el restaurante para que nuestro héroe tuviera su primer encontronazo con sus “hermanos latinoamericanos”. La desmesura de cada quien activó de inmediato sus instintos y obra de estos debió ser la frase con que a viva alertó a los suyos: ¡Apúrense, coño, que nos dejan sin helado!

Justo cuando se disponían a dormir un ruido como de tornillo suelto anunció que algo andaba mal dentro de la máquina de aire acondicionado. El aire comenzó a hervir y los niños no parecieron notarlo. Extenuados hasta los huesos dormían, cuando agotadas las gestiones con la gerencia, Miguel decidió que era tiempo de regresar a Cárdenas. Carmen no estuvo de acuerdo y por unos minutos expusieron sus argumentos hasta que una frase de ella sofocó el fuego de la discusión: Amor, mira cómo se han divertido los niños, piensa que estamos aquí por ellos.

El calor de la habitación sin embargo requería un remedio mayor. El auto partió finalmente con un solo tripulante a bordo. Media hora después regresaría con la salvación en los asientos; dos ventiladores Watson, cuya brisa pronto devolvió las almas a sus respectivos cuerpos. Toca ahora decir que el pirri sería el último en cerrar en los ojos y el primero en abrirlos una pocas horas más tarde con los gritos de Carmen. Solo que después de una estancia como aquella que ¡Coño! podía importarle el revoloteo de una cucaracha.

Su calvario no acabaría hasta que pasadas las tres regresaron a casa la tarde siguiente. En la cocina, tirado sobre la mesa, cual ingrato recuerdo que de sopetón regresa los recibió la ya vieja edición del Granma. Fue Carmen sin embargo quien riendo se adelantó y levantándolo  –quien sabe si por costumbre o venganza- caminó en dirección al baño.

                                                     FIN

Lazaro Echemendia

Por último un nombrete mítico: Pedro el dragon.

Y uno jurásico: Tato dinosaurio

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Romárico el nagüe contra las serpientes.

Romárico el nagüe contra las serpientes:

Dos años pasó el nagüe en Siri Lanka como entrenador de boxeo. Del islote a un costado de la India no lo impresionó el sabor extraordinario de su té, único en el mundo, ni las extrañas vestiduras de su gente, ni las cabezas rapadas de los monjes budistas. De la fauna más antigua del planeta no lo impresionaron los leopardos, ni el mono con ínfulas de dios que habita en los templos, ni los búfalos, ni los elefantes amaestrados.

 Décadas después  de su visita, sus recuerdos tienen más que ver con ciertas costumbres nacionales y con la maldita circunstancia de las serpientes por todas partes.

Recién llegado a Colombo, capital económica y cultural de la república, fue  invitado a una cena organizada en su honor por un empresario local. Criado entre los picos de la Sierra Maestra y dueño, por así decir, de un paladar bravío, el nagüe engulló sin problemas cuanto plato encontró sobre la mesa, desde el tradicional pittu –mezcla de arroz con coco hervido- hasta gusanos de bambú en salsa de hormiga. Los invitados –unos quince entre hombres y mujeres-  lo observaban atónitos,  fascinados con el apetito del extranjero.

El cubanito se aclimataba tan bien que parecía uno de los suyos.

Degustaba su porción de tarántulas fritas cuando el individuo sentado a su derecha abrió la boca de repente y desde sus profundidades gástricas dejó escapar un eructo.

Nadie, salvo el santiaguero, pareció sorprenderse. Desconcertado vio a los comensales sonreír mientras concentraban su atención en el anfitrión de la velada. Solemnes bajaron la cabeza y tras la reverencia se dio inicio al bombardeo. El cubano era ahora el atónito. Uno tras otro estallaban los eructos en tanto Romárico, ya sin el ímpetu voraz de segundos antes, aguantó sin respirar a medida que el aire se hizo más denso. No sabía que era la costumbre por aquellas tierras de agradecer al anfitrión por la deliciosa cena.

El vaho se disipó finalmente y justo cuando el santiaguero se disponía a disfrutar de un postre a base de huevos de lagarto en salsa de abejas, comenzó la fase 2 del bombardeo. Esta vez desde otro flanco. Moviendo arriba y abajo la cabeza en señal de asentimiento, cual sincronizada danza comenzaron a mecerse sobre el asiento y  alternando sus glúteos: ¡Bang! –rememora Romárico- allá va eso.

Veinte años después de su estancia en el país de los cocoteros, el nagüe recuerda menos su periplo al  gran templo de oro de Dambulla, patrimonio histórico de la humanidad, que el viaje de vuelta. El camino era agreste y, horror, infestado de serpientes. Ninguna lo aterraba más que la especie a la que los nativos llamaban la voladora.

Regresaban después de pasar el día recorriendo las grutas milenarias que los antiguos construyeron en honor al Buda, cuando el chofer, cubano lo mismo que él, a mitad de camino se le ocurrió invitarlos a comer en una aldea. Romárico se opuso de inmediato pero terminó cediendo a los ruegos de la pareja de esrilanqueces que los acompañaba. 

Terminada la cena e instalados de nuevo en la camioneta continuaron camino a través de la selva   con mayor densidad de serpientes del mundo. Tantas que sus cuerpos crujían bajo el peso de las llantas. Atento a cada movimiento, el nagüe comenzó a sospechar cuando mirando con el rabillo del ojo notó cierto movimiento a sus espaldas. Al punto se acercó al retrovisor y confirmó que en efecto la mujer se mecía de lado a lado. Un segundo después llegó la onda expansiva y el nagüe se lanzó a bajar la ventanilla. Pero tú estás loco, le dijo el chofer, se va a colar una serpiente. Que serpiente ni serpiente, le respondió Romárico tras comprobar que ya el hombre también se mecía. ¡Frena!, ¡frena esta mierda, coño! le ordenó justo cuando llegaba la réplica. Cómo voy a para aquí ¿tú estás loco?- replicó el chofer- . ¡Para carajo o me tiro! – ripostó  a gritos el nagüe y sin darle tiempo al otro a reaccionar, abrió la puerta y se lanzó al aire puro

Hasta aquí la historia de cómo Romárico el nagüe se enfrentó a las serpientes.

 Fin. 

Por último un nombrete escatológico: Hector tibol.

Y uno visceral: Mondongo.

Lázaro Echemendia

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La leyenda de lazarito el fuerte

¡Busquen a Lazarito el fuerte! ¡El cabezón, sí! El médico! Escuché los gritos a través de la ventana. Salté de la cama y en el portal me recibió una avanzada de vecinos. Es la vieja María Eugenia –me informaron con alarma- Esta tirada en el piso y no podemos abrir la puerta. Tienes que venir. 
Agarré mi estetoscopio y orgulloso de poner mis músculos y mis conocimientos al servicio de una buena causa asentí de inmediato. Puesta allí para proteger el acceso a la vieja casona, bastaba con ver las dimensiones de la puerta para entender el reto al que me enfrentaba. Era un asunto de vida o muerte y sin pensarlo dos veces me lancé a derribarla con la misma velocidad que reboté contra la armazón de cedro revestido. Resuelto a no traicionar la confianza depositada en mí no hice caso a la advertencia del señor que a mi lado me decía: Muchacho, mira que estas no son como las mierdas que hacen ahora. La ventana lateral estaba abierta y a través de sus balaustres podía verse a un costado de la cama, el cuerpo inerte de la mujer. Muy cerca de mí una colega acabada de llegar, estetoscopio en mano, me animaba a apurarme. El público crecía por segundos y Lazarito el fuerte, es decir, yo -convertido en foco de atención y de esperanzas-, me dispuse a intentarlo de nuevo. Como toro en embestida me lancé y al suelo fui a dar como pájaro que no vio a tiempo la pared. El asunto comenzaba a tomar connotaciones morales y fue así como arrancándome del cuerpo la camisa ante el público expectante me dije: Ahora sí, coño, a la tercera va la vencida. Contraje a un tiempo pechos y dorsales, bufé un par de veces y más tarde me dijeron que grité, cuando por tercera vez la puerta me repelió como quien sin notarlo se sacude una hormiga de la piel. 
Magullado intentaba recuperar el aliento cuando oí tras de mí la voz de Flora –morena formidable- que me decía: A ver, este niño, quítate de ahí, por favor. Obedecí y desde el piso observé sobrecogido como la mujer se separó unos metros, calculó la distancia, dio un paso, otro, aceleró centrípetamente y dándose la vuelta descargó el peso de su nalgatorio astronómico contra la puerta que, sometida al fin, se desarmó en el acto. 
Todos corrieron adentro en tanto yo aproveché para disolverme en el tumulto. Un rato después, a salvo otra vez en mi cuarto, escuché voces que anunciaban la muerte de María Eugenia.
Hasta aquí la leyenda de Lazarito el fuerte.
Fin.

Entrevista del autor para el blog Sopa de cabilla
Fallo del XXI Certamen de Relatos Cortos “Meliano Peraile”

13 de Junio del 2013. Mi cuento “La noche del general” gana el primer premio en concurso de relatos celebrado en Madrid. LE

http://www.ateneocultural1mayo.org/index.php?option=com_k2&view=item&layout=item&id=200&Itemid=206