Solo frente al vaso de aguardiente Elio huevo frito se pregunta si este último trago le dará el valor que necesita para consumar su venganza. A juzgar por la expresión de augur con que lo mira, pareciera que busca la respuesta disuelta entre los átomos de alcohol. Lentamente aparta la mirada del cristal mientras a su alrededor el silencio se hace cada vez más profundo, denso, misterioso, como un fantasma que palmo a palmo se extiende hasta los últimos rincones de la casa. Un bojeo visual a sus contornos le confirma lo que ya sabe desde hace dos meses: Rita Elena no está, se ha ido, o peor, se la han robado. Es entonces cuando una fuerza mayor toma posesión de su cuerpo y ya no es su voluntad la que lo obliga a agarrar el vaso y zamparse sin respirar el contenido.
Al punto salta del asiento e impulsado por esta fuerza milagrosa alcanza la puerta. Segundos después sale a la calle sin imaginar que esta noche el huevo va a hacer historia.
No sabe que es noche de Pentecostés, y que un día como hoy hace dos mil años el señor resucitado, apareció de la nada y a sus discípulos reunidos en el aposento alto puso a hablar en lenguas.
Necesita un plan y es lo que importa, un plan que va tejiendo en su cabeza ahora que la luna empieza a asomar por el oriente. Dos cuadras más abajo cruza sin detenerse frente a la casita iluminada de ventanales muy amplios, es el nuevo hogar de la traidora, la guarida donde pasa sus días junto a Emerio el cojo.
Lentamente avanza el despechado bajo las estrellas. No hay gente en la calle y la noche es copia fiel de otras noches en este pueblito enfermo de tedio. Media cuadra después dobla en la esquina y emprende la recta final con el arrojo de quien ignora la duda. Raudo atraviesa la vía férrea y ya se escucha en la distancia, por sobre el clamor de maracas y panderetas, la prédica de una voz que dice: ¡Hermanos!, estamos aquí congregados para la dedicación de este, nuestro nuevo templo.
Habla el pastor pentecostal del pueblo. Su voz se hace más clara a medida que el huevo se acerca. …Y no solo han venido pastores de toda Cuba –continua- sino que nos visitan hermanos de la congregación universal, pastores de México y Estados Unidos a quienes el señor ha enviado a participar de esta fiesta.
Aleluya –responde una voz de mujer desde el público a la que acto seguido se le suman otras- ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Alabado sea! ¡Aleluya!…
Y es en medio de este frenesí contagioso que Elio huevo frito hace acto de presencia. Trae el olor y la estampa del peregrino que ha atravesado montañas para participar del gran momento. Inmóvil permanece en el umbral unos segundos, frente al pasillo que conduce al púlpito donde el pastor, aferrado al micrófono continúa su arenga:
¡Qué bendición, hermanos, qué bendición, alabado sea el señor, Aleluya, aleluya, tenemos casa al fin, templo nuevo, alegraos hermanos, gloria a dios, gloria…!
Truenan otra vez los aleluyas, gloria, gloria, risas, carcajadas, una mujer da saltos en el asiento, maracas y panderetas se sacuden en el aire para deleite de los cielos.
Elio avanza ya lentamente. Cuatro pasos después lo detiene el vozarrón inconfundible de su ex camarada Tito coronilla, a quien el señor recientemente salvó del fervor por la botella. Arrodillado lo ve, con los ojos cerrados y el rostro de frente al techo azul, reminiscencia de los cielos, mientras extrañas palabras saltan de su lengua: Alobatu majo balapeteosol alamio bele damee pan pan pan. Son estas tres últimas palabras eructadas a viva voz, lo que hace pensar al huevo que el pobre coronilla está hambriento. No sabe que el ex adicto ha sido bendecido con el don de lenguas.
Inexorable, Elio continúa su avance y son cada vez más las miradas que se posan sobre su figura enclenque, aunque él sólo percibe una cargada de terror que llega desde la primera fila. Mira en esa dirección y es entonces que sus ojos se encuentran con los de ella. Demasiado bien la conoce como para no saber que se ha quedado inmóvil en el asiento.
Ya ha recorrido la mitad de la distancia que lo separara del púlpito cuando una voz de mujer lo convida a sentarse, pero el declina con un “No” rotundo.
Gloria, gloria, amen, gloria, gloria–grita el pastor visiblemente perturbado, la proximidad del hombre le ha trocado las ideas. La frente le suda a borbotones y ya no hay el mismo ímpetu en sus palabras cuando retoma la prédica: Sí, Hermanos –intenta subir de tono ahora que la catástrofe es inminente- la gracia del señor está con nosotros y ha descendido esta noche a este pueblo de hombres justos y mujeres…
.. ¡Putas!, es el huevo quien habla, de un zarpazo se ha apoderado del micrófono y toma la palabra por la fuerza, ¡Y tú, grita ahora señalando a la infame, tú eres la más puta de todas, descará, pega tarro, que dios te perdone¿no?! ¡¡Puuuutaaaaaaa!! ¡Eso es lo que eres!
Privado del micrófono, el pastor acude a su garganta para alertar a sus ovejas sobre lo que a su santo juicio sucede. Es el diablo –grita-. Satanás se le ha metido a este hombre en el cuerpo, oren hermanos, oren, fuera, fuera, morador de las tinieblas…
La reacción no se hace esperar. Consternados ante el toque de rebato los devotos saltan de sus puestos. Unos ruegan al altísimo por una legión de ángeles que los libere del siniestro, otros patalean, se abrazan, caen al suelo, corren con los brazos en alto invocando al señor en lengua comprensible solo a su gracia suprema. En tanto el resto, apenas unos pocos, los de menos fe cabría añadir, ya corren calle abajo rumbo a la estación de policía.
Quince minutos más tarde, sin respuesta todavía de los cielos, entran en tropel los defensores del orden. La escena ante sus ojos es prácticamente la misma, salvo que el infractor, acalorado según corresponde a su condición de enviado del infierno, se ha quitado las ropas y en calzoncillos se dirige a los presentes.
Vocifera todavía cuando por los aires lo transportan fuera del templo. Ya en la calle lo sorprenden los aplausos de cientos de vecinos que a la carrera han llegado atraídos por el escándalo y que ahora, agradecidos, dan vivas al hombre que con una sonrisa en los labios desparece en el interior del carro patrullero, al héroe que los ha salvado esta noche del aburrimiento eterno.
Fin
Por último un nombrete disentérico: Rogelio caga leche
Y uno díptero: Felipe guasaza.
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la mascota de los Juegos Panamericanos de la Habana, 1991. Sin embargo no le debe a sus éxitos en el mundo de las artes gráficas, el puesto de honor que se ha ganado en la historia de su Cruces natal. Según sus biógrafos de cabecera,


diosa de la noche y patrona de los mira huecos. De esta faceta suya queda como testimonio manifiesto la sonrisa sin dientes del pobre Juan del cielo, quien en calzoncillos salió a defender su intimidad,
–patrono de las artes escénicas- comenzó a brincar sacudiendo sus brazos como si intentara despojarse de un abrazo invisible. La maniobra sin embargo no alcanzó para aplacar la ira de Leonela, quien como Eurídice, convertida en humo, desapareció para siempre, mientras él abrazando el aire, a gritos intentaba retenerla:
. Que hubiera preferido no tener que cargar con la herencia maldita de su abuelo materno, el nombrete brutal cuya sola mención –aún accidental- bastaba para que le hirviera la sangre en las venas. ¡Tibol! Apenas escuchaba la palabara clavaba la mirada en el insolente, los ojos rojos de furia, arrugado el entrecejo. Inmóvil calculaba la distancia, mientras con inhalaciones profundas comenzaba a llenar de aire sus pulmones. Al punto entornaba los ojos, era el momento de correr antes de la embestida del toro.



salvo por la amplitud de su espalda. Lomo-nosov.